Cada sorbo cuenta una historia: los sommeliers jóvenes que están cambiando la cultura del vino en Lima y Quito

Una nueva generación toma la copa

Tienen menos de treinta y cinco años, han pasado por las mejores escuelas de sumillería de Europa y han decidido volver a sus ciudades de origen con una misión clara: transformar la manera en que Lima y Quito se relacionan con el vino.

No se trata de imponer etiquetas importadas ni de seguir los cánones de la crítica anglosajona, sino de construir un lenguaje propio, uno que dialogue con el ceviche de tuétano, con el locro de papa, con el tiradito de trucha del Titicaca y con la fritada cuencana servida en hoja de bijao.

Esta generación de sommeliers —formados en Madrid, Burdeos y Buenos Aires— ha regresado cargada de criterio y despojada de snobismo, y su influencia ya se siente en las cartas de los restaurantes más relevantes de ambas capitales.

Lima: el laboratorio del maridaje sin fronteras

En Miraflores y Barranco, varios restaurantes de nuevo cuño han incorporado a sommeliers residentes que no solo recomiendan vinos, sino que diseñan experiencias sensoriales completas.

Sebastián Ríos, egresado del Court of Master Sommeliers y formado en la Rioja, dirige hoy la bodega de uno de los restaurantes nikkei más reconocidos del circuito limeño, donde ha construido una carta que integra naturales franceses, blancos oxidativos del Jura y tintos de garnacha aragonesa con la acidez punzante de los ceviches de ají amarillo.

Su propuesta no es caprichosa: cada maridaje parte de un análisis técnico de la grasa, la acidez y el umami presentes en cada plato, y luego lo traduce en una narrativa que el comensal puede seguir sin necesidad de conocer una sola denominación de origen.

Más al sur, en el barrio de San Isidro, una sommelier peruana formada en Mendoza ha impulsado una carta exclusiva de vinos de altitud sudamericanos —Malbec de Luján de Cuyo, Torrontés de Cafayate y Tannat uruguayo— que encuentra en la cocina novoandina limeña su pareja más natural.

Quito: el vino llega a las alturas con identidad propia

En la capital ecuatoriana, el fenómeno es igualmente notable, aunque adquiere una dimensión particular por la altitud y por la diversidad de microclimas que rodean la ciudad.

A dos mil ochocientos metros sobre el nivel del mar, el paladar humano se comporta de manera distinta: los taninos se perciben más ásperos, los aromas se intensifican y la temperatura de servicio requiere ajustes precisos que pocos restaurantes aplicaban hasta hace pocos años.

Valeria Montúfar, una sommelier quiteña que completó su formación en la Escuela de Hostelería de Lausana, ha sistematizado esas diferencias en un protocolo de servicio propio que ya aplican tres de los restaurantes más elegantes del centro histórico.

Su trabajo no se limita a la copa: ha diseñado maridajes específicos para platos de la cocina patrimonial ecuatoriana, desde el hornado hasta el caldo de patas, demostrando que la complejidad culinaria andina admite —e incluso exige— interlocutores víticos a la altura.

El vino natural entra por la puerta grande

Una de las tendencias más visibles en ambas ciudades es la irrupción del vino natural y biodinámico en cartas que hasta hace cinco años solo ofrecían referencias convencionales de Rioja o Napa Valley.

Los sommeliers de esta generación han encontrado en los vinos de mínima intervención —elaborados sin sulfitos añadidos, con levaduras autóctonas y sin filtración— un aliado inesperado para los sabores fermentados y las acideces vivas que caracterizan a las cocinas de Ecuador y Perú.

Las referencias georgiana, armenias y del Jura han aparecido con fuerza en las cartas de restaurantes que antes solo apostaban por los clásicos borgoñones, y la respuesta del público ha sorprendido incluso a los propios sommeliers: el comensal limeño y quiteño, cuando se le explica el porqué, acepta la aventura con una curiosidad que pocos mercados latinoamericanos demuestran.

Más que una profesión, un movimiento cultural

Lo que estos profesionales están construyendo trasciende la recomendación de una botella, porque en el fondo están proponiendo una nueva forma de entender el lujo: no como exclusión, sino como precisión.

El vino, en su lectura, no es un marcador de estatus sino un instrumento de conversación con la tierra, con el cocinero y con el comensal, y esa filosofía —discreta, rigurosa, profundamente latinoamericana— es quizás la contribución más original que Lima y Quito están haciendo hoy al mundo de la sumillería global.

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